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Transcurso sorprendente
por Edith Michelotti.
De niños los cambios biológicos e intelectuales aparecen como extraños a los ojos paternales, a medida que se van sucediendo. La pubertad evolutiva confunde a los mayores. El joven opina casi como adulto, desobedece, empieza a crear su futuro. Se manifiesta en disciplinas variadas asombrando con múltiples virtudes. Todo parece querer abarcarlo. Incursionar es su estilo. Vive excitado.
La vida lentamente le va poniendo “techo” y el joven adulto continúa desechando y adquiriendo conocimientos que lo van transformando en ese constante aprender.
Casi mágico. Pasos agigantados para adelante, caídas, sinsabores, inmensas alegrías. Todo parece darse cita en la vorágine vital. Aparece el amor que desilusiona, duele, o exalta.
El hombre busca rumbos. Alcanza metas, fracasa en otras. Cambia. Constantemente cambia. Modifica objetivos, estudia, lee, se emociona. Va descubriendo la vida.
Busca la convivencia con su par en paz y armonía. Quiere hijos. O no.
Quiere tener una profesión, un trabajo, un estilo. Organizar su economía con las posibilidades reales, ordenar una familia propia, madurar. Amar, disfrutar su sexualidad a pleno, viajar.
Un magno abanico de posibilidades está en oferta ante sus ojos si la buena suerte se suma un poco en el trayecto.
Y llega a ser adulto “grande”, encaneciendo lentamente pisando heroico la cima de sus aptitudes.
Aun así sigue siendo difícil el camino emprendido. Atrás va dejando padres, abuelos, amigos que partieron de una u otra forma. El cementerio empieza a ser ese lugar apto para llevar una flor.
El médico es el personaje de consulta anual. Comienza lentamente a tomar pastillas, regular comidas, realizar ejercicios aconsejables.
Las canas y las arrugas le recuerdan su peregrinar, en cada paso frente al espejo. El amor se vuelve esquivo, difícil, complicado. Las exigencias son mayores. Todo empieza a costar un poco más.
El hombre sigue. El acúmulo de vida lo ha enriquecido a niveles insospechables. Casi sin darse cuenta comienza a devolver con sabiduría el tesoro único y exclusivo que encierra. En cada paso, en cada acción sobresale su madurez exquisita. La desparrama por doquier. Quiere, necesita seguir aprendiendo, ahora más que nunca, porque sabe lo mucho que no sabe.
¿Sorprende? Quizás a los más jóvenes que un tanto distraídos alcanzan un día a darse cuenta que el “viejo” aún asombra. Porque está vivo, porque sigue creciendo hasta el final.
Porque sólo estará muerto cuando muera. Y aún así no desaparecerá, su genética quedará enclavada junto al recuerdo de aquellos que lo conocieron bien. |