En
esta producción cinematográfica se abordan
cuestiones gerontológicas en su más amplio
decir, y se abren para el espectador
lecturas divergentes. Juego de paradigmas
respecto al sentido de la vida, la
enfermedad, la amistad y la vejez. La
producción es artística y polifacética y no
agotaríamos su análisis en esta corta
aproximación.
Se
plantean, entre otras, cuestiones que
tienen que ver con prejuicios y erotismo
en la vejez, modalidades culturales y
diferencias intergeneracionales. Los
balances de un matrimonio mayor y
frustrado, que rescata, al final de su
recorrido, aquello que perduró en el alma,
y que con un beso romántico sella el
encuentro fugaz entre Maurice (Peter O´Toole)
y Valerie (Vanessa Redgrave).
Imagen y cuerpo que cambia en la vejez son
los ejes principales y se muestra el intento
del protagonista de acomodar ese cuerpo a
deseos sexuales que se agitan y fluyen
incesantemente.
Nudo psicogerontológico. Viejo que busca
con creatividad la forma de vivir y gozar,
hasta su último suspiro.
Se
cuenta la historia de una adolescente
desamparada, Jessie (Jodie Whittaker) quien,
en busca de su futuro, llega a la casa de
su tío Ian (Leslie Phillips), muy
avejentado, para ayudarlo en tareas
cotidianas. Ian es prejuicioso e intolerante
a los modales de la joven, y desde el
comienzo del encuentro la crítica negativa
es el vínculo que lo sostiene. Sólo al
final, cuando su querido amigo muere, un
insight le hace cambiar radicalmente su
actitud, invitando a la joven con amabilidad
a cocinar su pescado favorito.
Maurice es un amigo de Ian, lo visita y
entabla rápidamente una relación particular
y extraña con Jessie, la despistada
adolescente. Como protagonista principal,
en una interpretación conmovedora, logra
magistralmente transmitir con su sedienta
mirada los sentimientos más íntimos. Deja
en libertad la expresión de su apetito
sexual y muestra con sabiduría un
acercamiento positivo a la nueva generación,
y la aceptación y comprensión de los
grotescos e impertinentes modales de la
joven.
Comienza a brindarle su amor ambivalente,
amparando y guiando sus decisiones y
buscándole posibilidades laborales. Paso a
paso, escena tras escena, se va construyendo
una relación que oscila entre la ternura más
sublime y los momentos más eróticos.
Este viejo artista, cuya piel atestigua el
paso inexorable del tiempo, sin relación
matrimonial ni hijos conocidos, se erige, en
el ocaso incierto de su vida, como padre
protector. ¿Para reparar su vida? ¿Para
reivindicar el sentido de su existencia?
¿Por un sentimiento de trascendencia?.
La
descuidada mujercita acepta al principio las
invitaciones y sus ofrecimientos por
conveniencia. Poco a poco va dejando el
lugar de la inocencia, permitiéndole a
Maurice ser usada como objeto de su deseo
erótico. ¿La mueve su carencia afectiva? ¿Es
su deseo perverso de ofrecerse sin que el
otro la pueda gozar? ¿Es una actitud madura
frente al volcán libidinoso de este hombre
experimentado? ¿Representa este viejo un
padre algo perverso que motiva y conduce a
la joven a convertirse en modelo sin ropas,
dando su desnudez al placer del otro?
Al
principio, ni uno ni otro resulta consciente
de los avatares e implicancias de la
relación. Son ambos juguetones, él a veces
como voyerista adolescente, subido a un
balde inestable para espiar con humor el
cuerpo de la joven. Ella, iluminando
escenas, exhibe su seducción histérica.
Paso a paso, Maurice se va envolviendo en
un sueño erótico, obstinado y compulsivo.
La lleva al museo, le enseña la obra de
arte: Venus, y la convierte en la Venus de
su vida.
Ella va creciendo, madurando y delineando
con claridad sus afectos hacia él. A pesar
de las carencias de su vida, logra,
finalizando la historia, saber que lo ama
con gratitud. Guarda por él un amor tierno
y comprensivo, y desea cuidarlo cuando yace
enfermo, antes de morir.
Si
bien en algunas escenas ha intentado
satisfacer el erotismo del viejo, es sólo
para alentarlo a la vida.
No
confunde su amor y su erotismo. Nunca le
dice “te amo”. Intenta cuidarlo con
ternura, pero no lo desea sexualmente. No
espera, ni busca la intercorporalidad. Lo
estimula mostrando su cuerpo y sus olores,
pero elige la distancia óptima a sus poses
seductoras. Sólo busca que Maurice no se
desapegue a la vida.
Ya
enfermo y abatido, su mirada es conmovedora.
Cuando todo se le ha tornado opaco, ella
llega a descubrirle sus bellos y jóvenes
senos, en un intento frenético y
desesperado, rogándole que permanezca con
ganas de vivir. Inexorablemente, llega el
momento y triunfa la muerte.
Venus es el nombre transparente de esta
producción cinematográfica, Venus es el
nombre poéticamente elegido para este
encuentro y romance de almas. Sólo con
observar la Venus del Espejo” -1644/48- de
Velázquez (inspirada en Tiziano y en Rubens)
se abren líneas de argumentación al
contenido erótico de la historia).
¿Encuentra usted connotaciones sugestivas?.
Venus, conocida por los griegos como
Afrodita, representaba al deseo sexual. Esta
lasciva diosa inspiraba pasiones
monstruosas. Tenía el poder de enamorar a
mortales e inmortales y nunca quiso
desposarse con nadie. En la obra de
Velázquez, Venus aparece desnuda y recostada
mientras Cupido (Eros de la mitología
griega, dios de los enamorados) aparece
maniatado, postergado, subyugado y absorto
contemplando la inalcanzable belleza de
Venus.
Si
es que el arte habla de las expresiones más
íntimas, si es que a través de las obras de
arte podemos identificarnos y expresarnos,
vale conjeturar que nuestro viejo
protagonista se ha identificado a Cupido y
ha colocado a Jessie en el rol de la
vanidosa Venus. Aquella diosa que entrega
su cuerpo, pero no su amor, gozando de su
propia desnudez reflejada en el espejo.
Precisamente, al final de la película, la
adolescente se posiciona como mujer segura
de su deseo, libre ya de prejuicios y
convencionalismos. Elige su camino y asume
su trabajo de modelo. La vemos entonces
posar su bello cuerpo, de espaldas, como
Venus. Su padre espiritual logró imprimirle
sus huellas. Jessie encuentra entonces el
sentido de su vida, se convierte en modelo
artístico, y descubre sus encantos ante la
mirada y la imaginación de los espectadores.
Psic. Ester Altvarg