Abriendo y enriqueciendo la mente
Película recomendada por la Psicóloga Ester Altvarg


 

VENUS

Película dirigida por Roger Michell, con Peter O’Toole (Maurice), Leslie Phillips (Ian), Jodie Whittaker (Jessie), Richard Griffiths (Donald) y Vanessa Redgrave (Valerie).
 

 

En esta producción cinematográfica se abordan cuestiones gerontológicas en su más amplio decir, y se abren  para el espectador  lecturas divergentes. Juego de  paradigmas respecto al sentido de la vida, la enfermedad, la amistad y la vejez. La producción es artística y polifacética y no agotaríamos su análisis en esta corta aproximación. 

 

Se plantean, entre otras,  cuestiones que tienen que ver con prejuicios y  erotismo en  la vejez, modalidades culturales y diferencias intergeneracionales.  Los balances de un matrimonio mayor y  frustrado, que rescata, al final de su recorrido, aquello que perduró en el alma, y  que con un beso romántico sella el encuentro fugaz entre Maurice (Peter O´Toole)  y Valerie (Vanessa Redgrave).

Imagen y cuerpo que cambia en la vejez son los ejes principales y se muestra el intento del protagonista de  acomodar ese cuerpo a deseos sexuales que se agitan y fluyen incesantemente.

 

Nudo  psicogerontológico. Viejo que busca con creatividad la forma de vivir y gozar, hasta su último suspiro. 

 

Se cuenta  la historia de una adolescente desamparada, Jessie (Jodie Whittaker) quien, en busca de su futuro, llega  a la casa de su tío Ian (Leslie Phillips), muy avejentado, para ayudarlo en tareas cotidianas. Ian es prejuicioso e intolerante a los modales de la joven, y desde el comienzo del encuentro  la crítica negativa es el vínculo que lo sostiene. Sólo al final, cuando su querido amigo muere, un insight le hace cambiar radicalmente su actitud, invitando a la joven con amabilidad a cocinar su pescado favorito.     

 

Maurice es un amigo de Ian, lo visita y  entabla rápidamente una relación particular y extraña con  Jessie, la  despistada  adolescente.  Como protagonista principal, en una interpretación conmovedora, logra magistralmente transmitir con su sedienta  mirada  los sentimientos más íntimos. Deja en libertad la expresión de su apetito sexual y muestra con  sabiduría un acercamiento positivo a la nueva generación, y  la aceptación y comprensión de los grotescos e impertinentes modales de la joven.  

 

Comienza a brindarle su amor ambivalente, amparando y guiando sus decisiones y buscándole posibilidades laborales.  Paso a paso, escena tras escena, se va construyendo una relación que oscila entre la ternura más sublime y los momentos más eróticos.

 

Este viejo artista, cuya piel atestigua el paso inexorable del tiempo, sin relación matrimonial ni hijos conocidos, se erige, en el ocaso incierto de su vida, como padre protector. ¿Para reparar su vida? ¿Para reivindicar el sentido de su existencia? ¿Por un sentimiento de trascendencia?.

 

La descuidada mujercita acepta al principio las invitaciones y sus ofrecimientos por conveniencia. Poco a poco  va dejando  el lugar de la inocencia,  permitiéndole a Maurice ser usada como objeto de su deseo erótico. ¿La mueve su carencia afectiva? ¿Es su deseo perverso de ofrecerse sin que el otro la pueda gozar? ¿Es una actitud madura frente al volcán libidinoso de este hombre experimentado? ¿Representa este viejo un padre algo perverso  que motiva y conduce a la joven a convertirse en modelo sin ropas, dando su desnudez al placer del otro?

 

Al principio, ni uno ni otro resulta consciente de los avatares e implicancias de la relación. Son ambos juguetones, él a veces como voyerista  adolescente, subido a un balde inestable para espiar con humor el cuerpo de la joven. Ella, iluminando escenas, exhibe su  seducción histérica.   

 

Paso a paso, Maurice  se va envolviendo en un  sueño erótico, obstinado y compulsivo. La lleva al museo,  le enseña la obra de arte: Venus, y la convierte en la Venus de su vida.

 

Ella  va creciendo, madurando  y  delineando con claridad sus afectos hacia él.  A pesar de las carencias de su vida, logra, finalizando la historia,  saber que lo ama con gratitud.  Guarda por él un amor tierno y comprensivo, y desea cuidarlo cuando yace enfermo, antes de morir.

 

Si bien en algunas escenas ha intentado satisfacer el erotismo del viejo, es sólo  para alentarlo a la vida.

No confunde su amor y su erotismo. Nunca le dice “te amo”.  Intenta cuidarlo con ternura, pero no lo desea sexualmente. No espera, ni busca la intercorporalidad.  Lo estimula mostrando su cuerpo y sus olores,  pero elige la distancia óptima a sus poses seductoras.  Sólo busca que Maurice  no se desapegue a la vida.

 

Ya enfermo y abatido, su mirada es conmovedora. Cuando todo se le ha tornado opaco, ella llega a descubrirle sus bellos y  jóvenes senos, en un intento frenético y desesperado, rogándole que permanezca con ganas de vivir.  Inexorablemente, llega el momento y triunfa la muerte.        

 

Venus es el nombre transparente de esta producción cinematográfica, Venus es el nombre poéticamente elegido para este encuentro y romance de almas. Sólo con observar la  Venus del Espejo” -1644/48- de Velázquez (inspirada en Tiziano  y en Rubens) se abren líneas de  argumentación al contenido erótico de la historia). ¿Encuentra usted connotaciones sugestivas?.

 

Venus, conocida por los griegos como Afrodita, representaba al deseo sexual. Esta lasciva diosa inspiraba pasiones monstruosas. Tenía el poder de enamorar a mortales e inmortales y nunca quiso desposarse con nadie. En la obra de Velázquez, Venus aparece desnuda y recostada mientras Cupido (Eros de la mitología griega, dios de los enamorados) aparece maniatado, postergado, subyugado  y absorto contemplando la inalcanzable belleza de Venus.

 

Si es que el arte habla de las expresiones más íntimas, si es que a través de las obras de arte podemos identificarnos  y expresarnos, vale conjeturar  que nuestro viejo protagonista se ha identificado a Cupido y ha  colocado a  Jessie en el rol de la vanidosa Venus. Aquella diosa  que entrega su cuerpo, pero no su amor, gozando de su propia  desnudez  reflejada en el espejo.

 

Precisamente,  al final de la película, la adolescente se posiciona como mujer segura de su deseo, libre ya de prejuicios y convencionalismos.  Elige su camino y asume su trabajo de modelo. La vemos entonces posar su bello cuerpo, de espaldas, como Venus. Su padre espiritual logró imprimirle sus huellas. Jessie encuentra entonces el sentido de su vida, se convierte en modelo artístico, y descubre sus encantos  ante la mirada y la imaginación de los espectadores.   

 

Psic. Ester Altvarg

 
 
 
 
 
 

Periódicamente, el Dr. Lázaro Gidekel, recomienda obras literarias de interés general.


 
 
 

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