Los tiempos
cambian. Antes era tabú hablar del
sexo. Hoy es tabú no hablar de sexo.
Pero sigue
siendo tabú hablar de la muerte.
Vivimos en una sociedad negadora del
elemento más fundamental de la vida que
es la muerte. No existe la muerte sin
la vida ni la vida sin la muerte. ¿Porqué
la negamos si es tan evidente y es el
destino común a todos los seres vivos?
Creo que la respuesta está en que
tememos a lo desconocido, a desaparecer,
a no dejar rastro alguno de nuestro
peregrinaje por la tierra.
En este
notable último libro de
Irvin
Yalom,
Profesor de Psiquiatra de la Universidad
de Stanford,
que lleva como subtítulo “La superación
del miedo a la muerte”, se enfoca este
temor existencial en una forma amplia,
comprensiva y transformadora.
Comienza
exponiendo que considera más fuerte la
represión de nuestra finitud que la de
la represión de la sexualidad postulada
por Freud.
Muchas personas padecen de ansiedad,
depresión u otros síntomas como
expresión del temor a la muerte.
El centro
de su mensaje estriba en que enfrentar a
la muerte no significa desesperar y
despojar a la vida de todo sentido. Por
el contrario, puede ser una experiencia
que nos haga despertar a una vida más
plena. Aunque el hecho físico de la
muerte nos destruye, la idea de la
muerte nos salva. Hace de cada instante
un hecho irreemplazable, único,
irrepetible, le confiere una intensidad
y profundidad que nos revela toda la
riqueza de la vida en todas sus
expresiones.
Yalom
explora las poderosas ideas que
filósofos, escritores, terapeutas,
artistas proponen para enfrentar el
temor a la muerte. Luego investiga en su
experiencia como terapeuta y las
enseñanzas que recibió de sus pacientes,
para terminar este capítulo con su
experiencia personal en relación a la
muerte. Acá no podemos dejar de
mencionar ese pasaje notable del libro
de Castaneda
donde le dice a Don Juan que nunca le
había hablado de la muerte. Don Juan le
responde inmediatamente: “Excelente, te
voy a hablar cómo te vas a morir”.
Castaneda
entra en pánico y se niega a escuchar.
Don Juan lo remata diciéndole que la
única muerte que conoce es la propia, la
suya y la de cada ser humano en
particular.
El libro
termina con un capítulo destinado a
orientar cómo tratar la ansiedad
generada por la muerte. Nunca vamos a
poder ayudar a los demás si no
comenzamos nosotros mismos a enfrentar
este temor a la muerte. Sólo cuando
descubramos en nosotros el valor
profundo de aceptar nuestra finitud, que
en lugar de desesperarnos, nos ayuda a
valorar cada instante como un don único
de la vida, seremos capaces de
transmitir esta vivencia a los que
buscan nuestra ayuda y orientación.
En resumen,
un libro extraordinario que nos ayuda a
ser mejores médicos y enriquece nuestra
vida espiritual.